martes, agosto 03, 2010

ABSENTISMO LABORAL

Lo pedía con la leche caliente, pero tampoco mucho, pues alguna vez se había quemado la lengua. En realidad siempre había sido partidario y acérrimo defensor de la leche fría (qué gratos recuerdos infantiles los de su tazón de cereales crujientes y frescos!), pero con el café con leche de la mañana se permitía una rara excepción. A petición suya el camarero le rebajaba la dosis de cafeína (demasiado largo era también demasiado fuerte) y con el arte adquirido que dan los años detrás de una barra precipitaba la leche en su vaso, acertando en el momento final a dar dos golpes de muñeca para que la espuma que flotaba en la capa superior de la jarra se precipitara también en su café. Así, cuando uno tiraba el azúcar, este quedaba dispuesto en una graciosa montañita blanca, bella y efímera a partes iguales, pues la pirámide de fino grano blanco que mágicamente "flotaba" sobre la capa de espuma poco a poco iba absorbiendo líquido y cambiando de color, de la base hacia la cima, hasta que se colapsaba y se precipitaba de súbito hacia el fondo. Esta vez era el blanco iceberg, y no el Titanic, el que se hundía.

Ese tonto proceso lo observaba a diario en la cafetería del trabajo como si se tratase de un verdadero experimento científico, no tomaba notas porque el resultado era siempre el mismo y estaba escrito de antemano, pero jugaba a imaginarse que algún día la montañita blanca acabaría por transformarse enteramente de color canela y que quedaría -o sorpresa!- eternamente suspendida sobre la base espumosa. Como el pico escarpado de una montaña lejana sobresaliendo sobre las brumas y nubes matinales.

Pero nunca era así, siempre, siempre a los pocos segundos el azúcar desaparecía bajo un manto marrón, y él lejos de lamentarse se apremiaba a removerlo. Con una cucharilla blanca de plástico agitaba el café de manera casi frenética. Daba una y mil vueltas intentando que el azúcar no llegase al fondo del vaso, dónde sería mucho más difícil hacerlo desaparecer; empeñaba sus pocas fuerzas matinales en ese movimiento circular y en esas rápidas revoluciones de cafeína su mirada se perdía. Se concentraba en imaginarse como los granos casi microscópicos de azúcar se disolvían poco a poco y agudizaba el oído para comprobar como en ocasiones un crack-crack delataba que algún rebelde, buscando refugio en la trinchera del fondo del vaso, se resistía a ser devorado.

Todo el operativo duraba apenas 30 segundos (5 días a la semana = 150 segundos, a 4,5 semanas el mes = 675 segundos al mes. Por 11 meses = 7.425 segundos al año de absentismo laboral). Medio minuto en el que él desconectaba totalmente del mundo, y con los ojos fijos en el espiral marrón la agenda desaparecía, y el tiempo perdía su significado y su poder, como cuando Dalí dibujaba relojes fundidos.

Prisas, agobios y pensamientos derretidos como el azúcar.

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