Por poner un ejemplo: Imaginaos que ahora se ponen de moda las camisas de cuadros tipo leñador (remarco, es un ejemplo, que no sé si ahora se llevan o no).
Primero existe la mente del gran diseñador de turno, que se tropieza con una antigua foto de su difunto abuelo en una excursión de pesca. Como al yayo le gustaba la franela cuadriculada a nuestro amigo el diseñador se le ocurre: “Mira, en próxima colección haré una deconstrucción de la idea de camisa de leñador que guiará la línea conceptual rupturista de mis diseños, que presentaré sobre escuálidas jovencitas con peinados y maquillajes abominables”. Por cierto, es una ciencia cierta que la mayoría de diseñadores visten de riguroso negro elegante y formal, y que no se ponen los trapitos que diseñan... es como si un cocinero se negara a probar su propias recetas, verdad que no os fiarías de él? En fin...
El segundo paso será que algún famosete hollywoodiano se le ocurrirá comprarse esa camisa, o seguramente se la regalará el supuesto maestro de la moda después de conocerse en el backstage de algún desfile. Obviaremos aquí que el camello de ambos es el que les ha presentado y que los tres van puestos hasta las orejas y raciocinan menos de lo habitual (Uiiii! Perdón, se me escapó!).
Ahora entran en juego las revistas, los medios de prensa, la TV, los blogs de opinión, etc, etc, etc... Que piensan que nos interesa que tipo de cuadro y color se destaca en la camisa del último romance de tal actriz o personalidad (total, los niños hambrientos del África no dan tanto juego, que siempre visten los mismos harapos). Y empiezan así a bombardearnos con que “la última moda dice que se lleva”...
Casi al instante Zara, Mango, el Corte Inglés, H&M, M&S, etc. ya han dado orden a sus ejércitos de varios centenares de miles de chinos (algunos en edad demasiado tierna) para que se pongan a coser camisas de cuadros tipo leñador. Automáticamente los fabricantes de botones duplican sus ingresos y la tela a cuadros casi desparece del mercado (varios colegios de monjas se ven obligados a cambiar las faldas de sus uniformes, que no la longitud de las mismas).
Y por último aquí viene el consumidor, el último eslabón, el tontícola que ha engordado 4 kilitos y no tiene camisa que ponerse que no le corte la respiración y le ponga de un feo lila amoratado que no le favorece. El Olego, vamos yo mismo. Pues el Olego, después de sufrir un acoso y derribo informativo de 3 meses sobre lo chic y cool de las camisas-leñador de cuadros finalmente vence su holgazanería crónica y se desplaza a un centro comercial a comprar un par de ellas, eso sí de últimas rebajas, por que también es un rato tacaño...
¿Qué ocurre pues? Que como ya dije soy un poco lentito pa esto... y cuando el lavado cerebral ha hecho su efecto para convencerme de comprar una camisa a la que hace un tiempo no me hubiera ni acercado ésta ya ha pasado de moda... Cagontó! Ahora se llevan los polos lisos y entallados de colores pastel!!! Y me avisan ahora!
Bufff.... total, que ahora soy el dueño de un par de prendas pasadas de moda (a las que en la calle tildarán de “feas”, “horteras” o “cutres”). Como quiera que en el mundo existen muchas personas como yo (consuelo de muchos consuelo de tontos, dicen) a alguien se le ocurrió inventar el concepto de “RETRO”, que nos ayuda a definir todas estas posesiones que tenemos y que por falta de gusto, dinero, estilo, etc. parecen antiguas y “fuera de moda”.
Pues tengo dos camisas “RETRO”... ¿Y qué?
Eso, ¿Y qué?¿Por qué narices empecé yo todo esto rollo? Ya ni me acuerdo... A sí!!! Ya sí, sí, ya está.
Sucede que últimamente hemos estado contemplando la idea de cambiar de piso, pues aunque el nido de Industria es muy bonito y confortable, también es un pelín pequeño para contener tanto amor y felicidad, que chorrea ya por las ventanas (¿Me ha quedado bien, verdad? Jajajaja!). Bueno, que queremos algo de las mismas características pero algo más grande, vaya.
Pues buceando por ahí en internet he visto ya varias decenas de pisos. Y el que no tiene una pega me parece que tiene otra. Jo, qué complicado!!! Los bonitos son pequeños, los grandes son caros, los grandes y baratos no tienen luz por que están casi por debajo del nivel mar, los luminosos y baratos lo son por que no tienen ascensor, y a los que tienen ascensor y son baratos mejor no subirse viendo según que fotos, etc.
Y los bonitos, luminosos, baratos y con ascensor son pequeños y no los cambio por el mío... Igual un día cojo un pico y una pala y me anexiono por la patilla alguna habitación del piso contiguo. ¿Se darían cuenta? Oiga, si yo no quería molestar...
En resumen: Para pasarme a uno de los pisos grandes, luminosos, baratos, amplios y con ascensor que he visto me obligan a tragar con algún “ELEMENTO RETRO” al que me resisto, normalmente un baño o la cocina. Ya sé que las modas van y vienen periódicamente y que quizás, al igual que mis camisas de cuadros tipo leñador, algún día esto estará de nuevo “a la moda”. Pero esta vez no trago, no. A mi me da que con una cocina así se me cortará siempre la mayonesa y que en uno de estos baños no se puede cagar bien... imposible!
Seguiremos buscando pues












AZULES de fuego, azul intenso en esa llama que baila sola… de la candela que ilumina tenuemente largas confesiones y decenas de risas y besos que robamos al sueño.
Particularmente larga -477 kilómetros- es la cuerda que une mi Barcelona con Caudete (Albacete), dónde mi amigo Kiki se fue a vivir hace ya un tiempo. Este pasado fin de semana recorrimos esa distancia (¡Que gran colega de viaje, el genial Dore!) para disfrutar de unos días de su compañía y de la gran hospitalidad brindada por su familia y amigos. Al grito del “¡Que no falte de ná!” las horas en Caudete se revelaron intensas y emocionantes...
Simplemente diré que fue un concierto ESPECTACULAR, INMENSO E IMPRESIONANTE (una vez más, siento que no pudieras venir Ayma).
El trío calavera entra en un pequeño restaurante y sin mediar palabra el más alto de ellos le clava una puñalada al servicial camarero que se les aproxima, que no tiene ni tiempo para anunciar que el pulpo es la especialidad del día. Se acercan a la barra y agarran por la pechera al cocinero, aprovechando que a éste se le han puesto los cojones por corbata y se ha quedado congelado de miedo (en las pelis siempre que alguien tiene la oportunidad de huir del peligro se le olvida de repente para que sirven las piernas). Allí empieza un intercambio de chillidos ininteligible –¡Oh sorpresa! La peli es en versión original subtitulada- y cuando consigo recuperarme del asombro tomo el hilo de la lectura y entiendo algo sobre dinero pendiente, deudas, amenazas, “el jefe está enfadado”, etc... ¿No es muy original, no?
Y digo yo, ¿No se podía encontrar otra manera de (
En los últimos meses (quizás por miedo a caer enfermo, a encerrarme en mi dolor) me he obligado a diario a vivir con mis gafas mágicas puestas, y no podía salir de casa sin comprobar ante el espejo que las llevaba. Y así a mi ya natural optimismo congénito (eso ya viene de fábrica) le sumaba un buen refuerzo, ¡Que en la calle la vida reparte andanadas de ostias sin mirar a quién ni hacia dónde!


Una vez en Kobetamendi (la montañita en la que se celebraba el concierto) intentas adaptarte al desmadre humano imperante, y te das un par de vueltas porque todos somos curiosos y nos gusta chafardear un poco... Te agencias un vasito de cerveza y con el culo pegado a la hierba dejas que las cosas fluyan ante tus ojos mientras la música te rodea y los rayos solares acarician tu piel todavía demasiado blanca (¡que viva Iniesta!).







Antes de nada he de decir que es un viaje 100% recomendable. Yo, enamorado como estaba de Nueva York desde mi visita de hace tres años, la he abandonado ahora para largarme del bracito de Tokyo, que siendo igualmente una megaurbe (para mi sinónimo no de caos, sino de infinitas posibilidades de pasarlo bien) tiene además ese lado asiático que te encandila.
- Segundo, los japoneses son mega-serviciales. En la tienda o el restaurante más cutre vas a tener un servicio de mucha calidad y se esforzaran para que quedes contento con ellos. Si su inglés no es muy bueno harán lo que sea para entenderte y si no lo consiguen llamaran a otro compañero para que les ayude (llegamos a movilizar hasta 4 personas en una tienda...). No aceptan propinas y nunca te van a engañar ni estafar ¡Por Dios, antes se hacen el Harakiri! Y si en la foto del menú tus fideos tienen 7 gambas, 7 son las que vas a encontrar en el plato... ¡Pero tampoco esperes más!
- Quinto, TODO FUNCIONA. ¡Ohhhh, que gustazo! El metro, el bus, el tren, etc. todo funciona según el horario previsto. Además todo está muy limpio y ordenado (¡que bonitos los jardines!). Cualquier servicio está pensado y optimizado para su mejor uso y la comodidad del usuario, los japos no dejan nada al azar y eso se nota.
Bueno, pues eso, que vayáis, que no os vais a arrepentir! Me ofrezco para ayudaros a planificarlo todo, ningún problema... y si tanto me lo agradecéis que me queréis invitar a ir con vosotros yo me vuelvo sin dudarlo. 


Ya estoy esperando con ansias el próximo partidito, el tiki-taka con mi colega Kurmà, los goles, las entradas duras, la cervecita postrera, etc. Me voy a resarcir por completo del mal sabor de boca que me quedó la última vez y calzado con mis nuevos botines amarillo-chillón voy a protagonizar, al mejor estilo Kill Bill, mi particular vendetta futbolística.

La gente iba desperezándose a su ritmo, apareciendo una a una por la puerta del jardín en un particular desfile de pijamas de programación matinal diaria.
Después la playa. Pero ojo, ir a la playa allí no significa lo mismo que en la City, no, no. ... Sí, es cierto, había que pillar los mismos bártulos: la toalla, las chancletas, las palas y el bañador (bueno, allí eso último era opcional) pero a partir de ahí la similitudes se acaban. El agua no tenía el mismo color, la gente no iba por ahí gritando como idiotizada, no olías la fritanga del chiringuito cercano y si algo en el agua nadaba cerca de ti era seguro un pececillo, no una colilla o un plástico ...¡Hasta la arena me parecía menos molesta...!
Y en un sitio así, tan repleto de cosas fantásticas, es paradójico pensar que lo que más gustosamente saboreé fueron algunas ausencias.
Pero ¡Ay de mi, retomé el antiguo ritual!. Por la mañana abro un ojo y veo al jodido despertador amenazándome con la hora, demasiado temprana para mi cansado cuerpo y tremendamente tarde para llegar bien al trabajo. Me levanto y me meto corriendo en la ducha, me visto y salgo al balcón. El vecino-guiri en calzoncillos de enfrente ni me saluda, creo que no me ve. Podría estar durmiendo, o borracho, o muerto, quién sabe... Miro el cielo intentando adivinar el tiempo y el gris de sus nubes se confunde con los edificios. Respiro hondo pero este aire no me infunde ninguna vitamina, resoplo asqueado. Cojo las llaves y antes de partir en busca del Metro entro de nuevo en la habitación a despedirme de Megam. Está dormida y bien tapada hasta las orejas, su expresión denota mucha calma, es casi de paz absoluta. Le beso la frente y la vuelvo a mirar, ahora se le intuye una pequeña mueca, casi diría una sonrisa. Quizás esté soñando. Sí, sí, seguro. Me despido y ajusto el balcón para que no entre el ruido. Y en el crujir de la puerta noto como una pequeña punzada de envidia se clava en mí ser... seguro que ella está soñando en sus rituales menorquines.







































